domingo, 17 de diciembre de 2017

UNA FAMILIA MISIONERA


Llegamos al Vicariato juntos. En la Asamblea, cuando se presenta a los nuevos misioneros, ahí estábamos, un grupo peculiar: dos curas diocesanos, algunas religiosas… y ¡una familia completa! Desde aquellas semanas que pasé en Indiana hicimos buenas migas compartiendo dificultades de adaptación, impactos y perplejidades: todo era nuevo para todos en esta selva. Pero estábamos juntos, y ellos me enseñaron a hacer tortillas y a comer tacos pasando muy buenos ratos en aquellos primeros pasos.
La familia Romero-Mendoza, mexicanos, miembros del IMIS (Instituto de Misioneros Seglares) está compuesta por Antonio y Adriana con sus tres hijos: Obed, de 14 años (estudia 2º de secundaria), Raziel (12 años, 6º de primaria) y el pequeño Magdiel (3º de primaria). Cuando paso por Indiana siempre pregunto: “¿cuántos tacos eres capaz de comerte?”. Hoy toca entrevista.

Son una familia misionera, y eso es algo poco habitual. Son misioneros todos, no solo los padres sino los hijos también. ¿Cómo se llega a eso?
Adriana: Cuando Toño y yo éramos novios ambos habíamos tenido la experiencia de estar en el instituto de misioneros laicos siendo solteros, y decidimos formar una familia misionera, en donde vamos a enseñar a nuestros hijos a relacionarse con Dios y expresarlo en la vida cotidiana.

Pero es la primera vez que salen a la misión fuera de México con sus tres hijos.
Toño: Sí, a misión ad gentes es la primera vez. Habíamos estado antes en misión ad intra en la sierra de Jalisco en México, pero al extranjero nuestro estreno es acá en Perú, en el Vicariato.

¿Y cómo conocieron el Vicariato?
T: El Instituto ha estado presente en esta tierra desde 2009 en la misión de Tacsha Curaray y posteriormente aquí en el puesto de Indiana donde fuimos enviados nosotros hace poco menos de un año.

Sus hijos, antes de venir acá, ya fueron educados como niños misioneros, ¿no es cierto?
T: Ellos casi desde el seno de su madre son misioneros.

Pero no es suficiente con sus genes, hay que formarlos. ¿Y cómo?
T: Primero con una vida normal similar a otras familias cristianas. Ellos además siempre acompañándonos a reuniones del Instituto, de la diócesis… lo han vivido desde que nacieron.

A: Rezar en las mañanas, oraciones de la noche, el rosario, con la Eucaristía los domingos. Yo normalmente procuro tomar los niveles de catequesis donde están mis hijos para formarlos junto con los otros niños. Con ellos siempre he pensado que se trata de llevar la vida con el Evangelio.

T: Y hemos tenido la bonita experiencia de que ellos, por sí solos, por su propia decisión, han elegido los servicios de acólito (dos de ellos) y lector (el pequeño) en la celebración.

No debe ser igual ser misioneros en su propio país, con su cultura, cerca de su familia… que tomar la decisión de ir a vivir a un país extranjero, y más a la Amazonía, con todo y la familia entera. ¿Cómo fue esa decisión, cómo la tomaron? ¿Entre todos, o bien la tomaron los papás solos… cómo hicieron?
T: Se fue dando paulatinamente. Primero los papás lo discernimos, luego se lo dimos a conocer y comenzó su curiosidad por querer también venir a la misión. Como estábamos antes en la otra misión de Jalisco, los niños ya no querían dejar aquello pero al mismo tiempo deseaban venir, tener la experiencia de conocer “otro mundo”.

Obed, ¿a ti te ha costado mucho venir de Jalisco?
Obed: Me ha costado mucho trabajo porque he dejado a mis amigos, mis estudios y el resto de mi familia. Quería venir a explorar Perú, a ver cómo se sentía estar en una misión fuera de nuestro país

Raziel: Pero se pasa bien porque conocemos nuevas cosas, nuevas costumbres… Pero también un poco mal porque extrañamos a mis abuelitos, mis padrinos, y algunas costumbres de México.

Aunque hoy hemos comido tortillas, ¿eh?

Magdiel: Me gusta este sitio un poco (risas). Me gustaba más estar en Guerrero, de donde somos.

O sea, que a los niños les pasa lo que les pasa a todos los misioneros: que al principio cuesta trabajo. ¿Cómo es acá la misión, en qué consiste?
T: Nosotros estamos apoyando en la pastoral, en la salud con la medicina alternativa y en la educación.

A: Yo soy licenciada en Matemáticas y justo cuando llegamos quedó una vacante y buscaban a alguien para Matemáticas en Indiana. No específicamente veníamos a eso, ya habíamos sido destinados a Indiana antes, pero fue muy providencial; en Jalisco ocurrió exactamente lo mismo, estuve los cuatro años y medio dando las clases, y así tenía relación con los adolescentes en la escuela y les daba catequesis de Confirmación. Acá igual, al día siguiente de llegar al Vicariato preguntaron por un profesor para el colegio de Indiana. Me tuve que insertar inmediatamente en la cultura. Como las matemáticas son un lenguaje universal, tal vez ahí sí nos entendemos… Soy catequista de Magdiel, que va a hacer la primera comunión.

T: Junto con las religiosas de acá, salimos a las comunidades y caseríos del puesto de misión.

Acá tienen, si no me equivoco, unas 60 comunidades. ¿Cómo es esa experiencia?
T: Sí, tenemos en dos ríos, el Manatí y el Yanayaku, además de la ribera del Amazonas. A causa de las clases, Adriana y los niños pocas veces pueden venir, pero es una experiencia muy bonita y disfrutan mucho.

R: Estuvo bueno ir allá, conocer cómo viven las personas, qué tal diferente es vivir en un pueblo, sus casas, sus costumbres, su comida…

T: Les dieron masato y les gustó, dicen que sabe a yogur (risas). El pango (caldo de pescado) no les gustó tanto, les cansó porque era todos los días.

¿Cómo van descubriendo la situación de este Vicariato, esta parte de la selva peruana?
T: Es un territorio muy pobre, las gentes están muy necesitadas de ser acompañadas en su fe, en su formación religiosa, en su participación como Iglesia. No hay suficientes sacerdotes; ni siquiera aquí en Indiana, que es la sede del Vicariato, tenemos sacerdote, nos atiende el de Mazán. En el equipo, las religiosas y nosotros, hemos de ver cómo podemos hacer, con celebraciones de la Palabra, etc. Hay mayor respuesta en las comunidades que aquí en el distrito, sobre todo en los sacramentos.

A: Hay muchas sectas e iglesias, y esa división ha hecho mucho daño, ha confundido mucho a las nuevas generaciones. Los jóvenes no saben adónde ir, los padres tampoco les encaminan, y muchas veces no van a nada. Al menos escuchan algo en la clase de religión del colegio, que es católico.

¿Cómo va a ser el futuro? Este compromiso en el Vicariato es temporal nomás?
A: Sí, es un periodo de tres años. Cuando acabe, nuestro hijo mayor estará cerca de terminar la Secundaria y ahí regresaremos a México y nos estabilizaremos para que él pueda ir a la universidad, y después los pequeños. Por eso el momento de vivir esta experiencia y prestar este servicio era ahora. Dios nos fue preparando; desde más jóvenes queríamos salir pero siempre había impedimentos, pero ahorita se dieron las circunstancias favorables porque Dios lo quiso.

Luego encontrarán ustedes otras maneras de vivir su vocación en su tierra mientras sus hijos terminan su educación completa, ¿no?
A: Eso. Somos misioneros desde el Bautismo, y lo seguiremos viviendo aunque no salgamos.

T: Ahí será estar motivando a otros para que participen en la misión; pero nunca dejaremos de ser misioneros, es nuestra identidad. Nos vamos adaptamos a las distintas etapas de la vida.

A: Siempre he pensado que transmitirles el Evangelio a nuestros hijos es para que ellos lo vivan; podemos hablarles de Jesús y todo eso, pero creo que era necesario que ellos mismos se sensibilizaran viendo las necesidades en los otros. A veces los niños, con tantos juguetes y aparatos, ya no ven al otro. Ser impactados por esta pobreza les servirá mucho en el futuro. Los niños acá muchas veces no tienen nada que comer, pero en México siempre hay frijoles y tortillas, incluso en los lugares más pobres. No hay tanta desnutrición como aquí. Llevamos nueve meses y mis hijos han madurado, como su madre los conozco y van siendo más sensibles y dispuestos.

T: Siempre nos han dicho “sus hijos se ven diferentes”. Ahí se ven un poco los resultados de la formación que intentamos darles. Estamos orgullosos porque ellos son tan misioneros como nosotros y a veces más, porque el testimonio que dan es más claro y mejor.

A: En la última visita a las comunidades ellos decidieron independizarse de nosotros y acompañar a otros misioneros del equipo. Cuentan que a las personas les atrae ver a estos chicos animando con la guitarra y hasta dando catequesis en sus posibilidades.

La gente se quedaría asombrada, y no es para menos. Valieron la pena los dolores de cabeza por tener unos hijos capaces de evangelizar a sus propios padres. Tal vez sea esta la definición de una familia misionera. Y soy capaz de tragar como 8 tacos.

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