Celebrar la misa dominical en una iglesia grande y casi llena, con un excelente coro, varios instrumentos musicales y hasta con ayudante para dar la comunión.
Aceptar una invitación a almorzar en una
casa de familia, charlar, reír y sencillamente compartir un plato de
escabeche de pollo con papas.
Caminar por la calle como cualquiera y
comprar un helado.
Dar la bendición con un poquito de agua
a una bebé que llevaba unas coletitas muy graciosas, aclarando que eso no es
todavía el Bautismo, que será en septiembre.
Escuchar: “Padre, ¿ya te vas a quedar acá?”
y “¿cuándo vas a regresar?”. Emocionarme sin que se den cuenta.
Conversar, escuchando
horas y horas a varias personas que asombrosamente te otorgan su confianza.
Desayunar a la mexicana:
tortillas, nopales, huevo, chilaquiles y una salsa picante que te hace echar
fuego por la boca.
Confesar
asistiendo a la belleza y el dolor de vidas abiertas, recogiendo lágrimas y siendo
transmisor de la misericordia divina sin merecerlo.
Jugar con Dashel, que es una niña con autismo
que se comunica de forma muy peculiar y yo sé que me quiere. Y yo a ella.
Ir a una casa a dar la unción de los
enfermos a una mujer -de mi edad- que está en agonía, y agarrarle la mano
todo el tiempo, queriendo hacerle sentir sosiego y compañía.
Saludar a los jóvenes de catequesis de
confirmación, que celebraban un cumpleaños; comer un pedazo de torta y tomar un
vaso de Inka-cola con ellos.
Bendecir cruces,
agua, cadenas, imágenes y estampas. De todo.
Tomar mate y tal vez degustar un alfajor
argentino. La acogida entre los misioneros no tiene fronteras.
Celebrar el bautismo con todo gusto,
comprobando que no se me ha olvidado, y gozar.
Explicarles a las monaguillas Britani,
Danna, Génesis y Karina que mejor no toquen la campana en la consagración
porque me distrae. Darles su propina.
Estrechar un montonazo de manos, dar muchos
abrazos, saludar por todos los flancos.
Sentirme parte de una comunidad.
Ni más ni menos. Como cuando estaba en mis pueblos. Lo extraño mucho. Las
responsabilidades de autoridad y coordinación te aíslan un poco; y más en el
Vicariato, cuya oficina, donde yo vivo, está geográficamente fuera de nuestro
territorio.
Añoro esa proximidad, esa facilidad de
relaciones, ese conocimiento de la gente, ese servicio que consiste, en buena
medida, en estar, quedarte, acompañar… y pertenecer.
Cuando voy a Caballo Cocha, la población más
grande que tenemos, y uno de los ocho puestos de misión que no cuentan con
presbítero (de un total de 16), me regocijo haciendo de párroco a tiempo
completo durante el fin de semana. Y cómo lo disfruto. Porque no creo
que deje nunca de ser párroco, sea lo que sea que me toque hacer.
