domingo, 28 de diciembre de 2025

EL NEGRO, LOS INDIOS Y EL VIEJITO


Y también se ve a las gitanitas, bien ataviadas, como todos los niños que participaron en la representación de la misa de Nochebuena en Yanashi; encantadora, divertida y entrañable, genuina manifestación del significado de la Navidad en esta periferia pobre de la Amazonía peruana.

La celebración se inicia con los pastores y el resto de personajes ingresando a la iglesia en filas, cantando y danzando con ese ritmo que me maravilla porque es como la vida misma: dos pasos adelante y uno atrás, dos adelante, uno atrás…

Vamos pastores, vamos, vamos
A ver al Niño, vamos, vamos…

Los ángeles se adelantan y llaman cantando a todos, “a ver a María y al Niño también”, porque “ya ha llegado el gozo de la Navidad”. Solo cuando llegan delante del presbiterio se dice “en el nombre del Padre”, etc. Durante el Gloria una pareja se acerca y coloca a Jesús en el pesebre, hasta ahora vacío. El grupo, de más de treinta niños y niñas, permanece llenando el pasillo central toda la liturgia de la Palabra.

A cada lectura se “contesta” con estribillos de toda la comitiva. Hay que tener en cuenta que el imaginario bíblico contrasta con el paisaje, el clima y la cultura de acá. Aunque las letras hablan de “montañas” y “hielo”, la selva baja es una inmensa planicie donde la temperatura media anual es de 27 grados: ni nieve, ni escarcha. La gente tampoco ha visto jamás una mula, rebaños de ovejas o cabras; alguna vaca o buey probablemente sí, pero raro.

Por eso tenemos problemas con los pastores, que son difíciles de ubicar como arquetipos de los más humildes; y tampoco hay casacas o gorros de lana, como cuando yo era niño. Pero el talento del pueblo ha incorporado a los marginados habituales de esta sociedad: el negro, los indios (¡con el estigma y la carga despectiva que tiene esa palabra!) y el viejito, que siempre aparece en las pastoritas en todas partes, y simboliza a los ancianos abandonados, a los más vulnerables en general.

De modo que, como en el evangelio de Lucas, son los más pobres los que tienen ojos para identificar la salvación que llega en ese bebé nacido en un establo, y los primeros que van a adorarlo. Dentro de esa categoría están las minorías étnicas:

Somos las pobres gitanitas,
que hemos venido desde muy lejos,
para adorarte con estos ramos de flores.

Y también queda clara la apertura universal del amor divino: llegan los magos Melchor, Gaspar y Baltasar con sus presentes, y también la reina de Ungría (sin h en el folleto), que le dice al Niño Manuel: vengo a ofrecerte mi corona y a obsequiarte este ramo de flores. Ahí aprecio genialidad y precisión, porque el oro, el incienso y la mirra hay que explicarlos, pero la corona y las flores (belleza efímera tan difícil de hallar en la selva) se entienden perfectamente sin palabras.

Mientras los pastores cantan y declaman, me percato de que muchos adultos musitan las letras. Luego me confirmarán que se las saben desde pequeños. Así se van conservando y trasmitiendo las melodías y la sabiduría que encierran, con resonancias de la tradición peruana y amazónica. Y de este modo el pueblo menudo incorpora, elabora y expresa, a su manera y con sus códigos, el misterio de la Navidad.

En el barullo de darnos la paz pienso que de hecho la verdad de esta fiesta ha conectado con la sensibilidad de esta cultura y calado hasta su corazón. Aunque pronto me espabilo, cuando veo que el negro, tiznado de polvo de carbón, viene a abrazarme…

Mami, estoy seguro de que lo has visto y te encantado.

martes, 23 de diciembre de 2025

INDEFENSO


Se acerca la Navidad,
¿la herida se ensancha,
merma?
Palpita.
Porque la vida sigue,
y a la vez se ha trastocado
por completo
y para siempre
desde que no estás.

Te encuentro cada día,
por todas partes tu destello.
No hay momento en que no sienta
tu cuidado de madre,
la persistencia de tu sabiduría
la fuerza de tu carácter
como un eco en mí,
para mí.

Me viene a la mente
lo que me dirías
en tal o cual situación,
tus ternuras humorísticas,
las acostumbradas bromas,
los atinados consejos.

Te echo de menos.
Y me siento indefenso
ante la obligada alegría navideña,
impostora y traicionera,
que no logra disfrazar
las amarguras y las pérdidas,
y solamente me aturde.
 
Te echo de menos.
Ya no te tengo
para endulzar esos dolores,
para que tu “te quiero”
compense la oscuridad de mis fracasos
y el abismo de mi soledad,
más fiera en estas fechas.

Aunque el tiempo pasa
y las lágrimas merman,
en mis amaneceres te busco
añorando el timbre de tu amor.
Te echo de menos.

jueves, 18 de diciembre de 2025

EL CORAZÓN DE DOÑA NARCISA

 
- Padre, ¿cuándo me vas a regalar un Corazón de Jesús?
- ¿Cómo así…?
- Una lámina pues, el Sagrado Corazón, bonito, para colocarlo en mi sala.
- Ya pué.

Y es que doña Narcisa es una mujer clásica, de las devociones de toda la vida, dice que “me gustan todos los santos”. Casada con Aurelio, el motorista y compañero de fatigas del famoso p. Real, párroco emblemático en Caballo Cocha, ella es una auténtica referencia en esta parroquia centenaria, tal vez la más antigua del Vicariato.

Lo es por sus muchas horas de vuelo, más de cincuenta años de servicios de todo tipo a la comunidad, y muy especialmente en la catequesis. Narcisa vive en el barrio Sánchez Cerro, una calle larguísima paralela a la cocha donde encostan las lanchas, que aún hoy día sigue siendo un barrizal a pesar de la pista para motocarros. Un lugar humilde de la capital del Bajo Amazonas, que cada año alaga un metro en época de creciente, donde por décadas los niños han podido vivir sus sacramentos (bautismo, primera comunión), gracias al empeño de esta señora.

Si alguien en el Vicariato debería recibir el ministerio de catequista, sin duda es ella. Ha pateado su sector, ha batallado con los papás y mamás, ha animado sin descanso a los chibolos, los ha recibido un día tras otro en su casita, han aprendido las oraciones, han leído la Biblia, les ha enseñado la vida de Jesús… Ahí, noble, pertinaz, comprometida, de palabra clara y directa. Cuando es sí, sí, y cuando es no, no.

De hecho, ahora mismo nos está reclamando a Ramón y a mí, que estamos en su casa, que este año ninguno de los misioneros ha venido a acompañar la catequesis de su zona. Para motivar a los críos, y conversar con los padres, recordarles sus responsabilidades como educadores. “La hermana Marta Rueda venía, y ahora, ¿qué? Nadies apareció”. No tiene pelos en la lengua no.

“Además, tampoco hubo capacitación para catequistas en la parroquia. ¿Cómo voy a enseñar, si yo no sé?”. Narcisa, con más de 60 años y sin haber aprendido a leer y escribir en su infancia, fue al centro catequístico y compartió la formación con los adolescentes y jóvenes, que la llamaban “la abuela”. Viejita que seguro ganaba a todo el mundo en energía y entusiasmo.

Dice que “antes era así, no nos mandaban a las niñas a la escuela”. Y los indígenas yagua, como ella, menos; incluso su padre decidió con quién se tenía que casar… “¿Y por qué eligió tu papá a Aurelio?” – le pregunto. - “No sé. Le parecería trabajador”. Y pegamos una buena carcajada. Desde luego, con Narcisa no te aburres un momento y ríes a gusto.

Contribuye sin duda el masato. Cada vez que vamos a visitar a esta familia, ella nos obsequia con un buen vaso y disfruta de cómo lo celebramos. Siempre, desde mis primeras veces en Caballo Cocha, Narcisa me ha invitado a su casa tras darme un gran abrazo después de misa. Con su vista cansada, cuatro hijos y dos sobrinas ya criados, el peso de sus 70 años, un incendio ocurrido en su vivienda y ese dolor que padece en una pierna desde que el año pasado “me botó al piso un motocar”, sonríe generosamente con su dentadura desigual y expresa un cariño genuino.

Ahora está renegando porque de nuevo he olvidado traerle a su Jesusito. “Aunque últimamente prefiero al Divino Niño”. De pronto le entrego el paquete, lo desenvuelve y vibra de felicidad al mirar la estampa gigante del Corazón de Jesús. Cuando “don Aurelio” (así le llama, yo me parto) le confeccione su marco, que el padre Ramoncito se lo bendiga.

Todo un personaje, doña Narcisita. Una institución en Caballo Cocha. Con un corazón grande y en llamas, como el de la imagen, colmado de pasión por el Reino, por la gente, por los niños. Con el lenguaje de los más sencillos, sigue impartiendo la cátedra de la entrega y la fidelidad.

viernes, 12 de diciembre de 2025

CHORREA EL CRISMA Y CHORREA EL SUDOR

 
Tres confirmaciones en tres comunidades distintas un mismo día. Un total de cinco horas de navegación. Calor asfixiante e insoportable. Varios kekes, tortas y bandejas de bocaditos. Confesiones y ensayos al paso. Cuatro botellas de agua y vasos de gaseosas variadas. Retrasos, comidas tardías, toques de campana, aplausos e incontables fotos. Esta aventura, quizás única en la vida, merece contarse con más detalle.

Llegué a Pebas casi a las 11 de la noche… y me encontré con la velada a la Purísima, en plena fiesta patronal. Mi cabeza me decía “vete a acostar ya, que mañana es un día duro y tienes que madrugar”, pero ¿cómo no iba a danzar al menos una pieza? ¿Cómo rechazar ese plato de caldo de carne de res? Estaba buenazo. Me fui a la cama más de las 12 y puse la alarma a las 4:30.

La yincana sacramental de aquel sábado comenzó con el viaje tempranero a Cochiquinas: dos horas y tanto en deslizador Amazonas abajo: allá la confirmación, programada para las 8, empezó a las 9; como a su vez el desayuno estaba previsto para después de la misa, se dio más tarde de las 10:30. Es decir, las primeras seis horas de este día bien apretadito las pasamos sin probar bocado. Para más emoción.

El sol ese rato no pegaba tan durísimo, pero ya apuntaba maneras. ¿Podían haberse desplazado los confirmandos para lograr hacer una celebración en lugar de tres? Probablemente, pero se hubiera perdido la fiesta del Espíritu Santo en las comunidades, con la presencia significativa del ministro. Doña Lastenia nos puso calabresa con patacones, y rumbo a la segunda estación.

Para cuando encostamos en San Francisco y comenzó la misa, era ya mediodía. Las planchas de calamina del tejado se tornaron incandescentes, y la capilla una parrilla. Todo el mundo sofocado, abanicándose con lo que se pillara; yo me secaba a cada momento el sudor, el pañuelo enseguida ya no servía de lo enguachinado que estaba. El santo crisma estaba en un bote con la boca muy ancha, de modo que se chorreaba por la palma de la mano; y a la vez sentía cómo el sudor caía fluyendo por mi espalda, las gotas resbalando por mis piernas mojando el pantalón... Me acordé del salmo 133:

¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!
Es como el óleo perfumado derramado sobre la cabeza, que desciende por la barba de Aarón hasta el borde de sus vestiduras.
Es como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía el Señor la bendición, la vida para siempre.

Parece que el chorreo generoso del crisma, como aquel despilfarro de perfume de nardo en Jn 12, 1-8, tiene que ver con el brote de la vida, la armonía, la fraternidad; el pastor es el símbolo de la unidad, y por eso llega, derrochando esfuerzos y sudores, a ofrecer el don del Espíritu. Las lenguas de fuego no podían ser representaciones más oportunas y concordantes con el clima emocional y atmosférico. Me tuve que cambiar de polo después de cada Eucaristía, porque terminaban empapados.

El jalón hasta la tercera parada es más larguito, y ni siquiera el aire del río mitiga el bochorno. El sol se cuela por los laterales del bote y nos castiga, y continúa pertinaz en Triunfo, en donde nos hemos presentado con dos horas de tardanza. La comunidad acude presta, caras sonrientes. Sigo tomando sorbos de agua, pero noto mi voz ya más desgastada. Las velas (para contribuir a la temperatura), las renuncias a Shapishico, la imposición de las manos, los confirmandos colocados a mis costados en la consagración, la interminable sesión fotográfica final… todo transcurre gratamente, y creo que le gente se va contenta.

Son pasadas las 4:30 de la tarde y solo ahora, según el programa, se viene el almuerzo. Los papás de Edia nos invitan a doncella, pero casi no tengo hambre. El trayecto de regreso lo haremos ya anochecido, despacito y ayudándose d. Félix de un potente foco. A la hora de dormir, estoy tan cansado que no oigo la música de la “noche de talentos” en la plaza y me quedo como una piedra. Seguramente también por la satisfacción que siento después de una jornada rebosante, con tantos momentos de felicidad y fe compartidas.

sábado, 6 de diciembre de 2025

PASIVIDADES DE DISMINUCIÓN 2ª parte

 
Han pasado más de tres años desde que me atreví a escribir alguna consideración acerca de esta realidad inevitable. Y en este corto o largo tiempo, he seguido constatando que la cara oculta de la vida va invadiendo poco a poco el cuerpo, las metas, las relaciones y las energías. Una merma que no es reversible, como la del río, sino imparable y definitiva.

¿Cómo negociar con esta disminución que parece tener la última palabra? Teilhard habla de superar la muerte “descubriendo a Dios en ella. Y lo divino se hallará con ello instalado en nuestro propio corazón, en el último reducto que parecía poder escapársele”. Solo hay respuesta en Dios, igual que para tantas situaciones humanas que aparentemente no tienen remedio.

Y no es que “El Señor es la solución a todos los problemas”, como vi una vez escrito en un cartel a la entrada de un templo pentecostal. No. No se trata de negar ingenuamente el mal o de espiritualizarlo, se trata de combatirlo, se trata de reducirlo al mínimo, sabiendo que, en esa lucha y al final de esa lucha, nos abandonamos a nuestro Padre del cielo, conscientes en todo momento de que “el mal será siempre uno de los misterios más inquietantes del universo”.

La resignación, para ser verdaderamente cristiana, pasa por la resistencia activa: “mientras la resistencia sea posible se alzará el cristiano… contra aquello que merece ser apartado o destruido”. ¡Lo dice Teilhard! Así el cristiano encuentra a Dios en su esfuerzo de resistir al mal, “a través del Mal; a Dios, que está más profundo que el Mal”. ¿Cómo podríamos remontarnos yendo a lo más profundo, para vislumbrar el rostro de la Bondad en nuestros escombros de egoísmo, interés y maldad, y sus estragos?

“¿Qué posees tú que antes no hayas recibido?” (p. 43). Es una humildad con ojos abiertos que transfigura la disminución, la vuelve fecunda. Saber que, en todo momento, “Me recibo, más que me hago a mí mismo”. Estoy siempre, misteriosamente, en manos de Dios, que, más que conducir mi vida, “me hace ser” en medio de la contradicción humana. En expresión de Pedro salinas: “Qué alegría, vivir sintiéndome vivido”.

Para comprender sin entender la dinámica de mi minoración, necesito abandonarme, que fluya, como buen loco de Dios. Renunciar a manejar y aprender a contemplar, ir desocupando de mi ego el espacio de mi vida y dejarle sitio a Dios, según la intuición de San Juan: “Es necesario que Él crezca y yo disminuya” (Jn 3, 30).

Teilhard dice además que “El alma humana (…) es inseparable, en su nacimiento y maduración, del Universo en que ha nacido” (p. 27). En palabras de Leonardo Boff: “Ha llegado la hora de armonizar el paso de nuestra conciencia con el curso de la Tierra, Casa Común”. Esa es otra pista en la hoja de ruta para sintonizar de manera fértil con la mengua personal y comunitaria.

Una luz, una esperanza y un alivio: es la experiencia de que, por más que uno decrece y desciende, siempre hay alguien que te quiere; personas cuyo amor resiste a todos los desgastes, las pérdidas, los descalabros y los menoscabos. Que permanecen, con la tenacidad un tanto insensata del amor verdadero. Lo saboreamos trayendo este diálogo final de la película “Tomates verdes fritos”:

- Ninny: Tú me has hecho pensar en lo más importante que puede darnos la vida. ¿Sabes qué es… lo que creo que es?
- Evelyn: No.
- Ninny: Amigos, buenos amigos.

sábado, 29 de noviembre de 2025

HACEMOS LO QUE PODEMOS, CON LO QUE TENEMOS Y LOS QUE SOMOS

 
Y estos somos, los de la foto: 10 sacerdotes y uno que se prepara. Faltaban 3, porque en total somos 13 presbíteros para 16 puestos de misión (hay 6 puestos que no tienen) en un territorio inmenso, mayor que países como Guatemala, Grecia, El Salvador o Bélgica, y habitado por más de 650 comunidades a lo largo de ríos y quebradas en plena selva amazónica. Ahora vas y lo cascas, como se decía en tiempos.

Los últimos años estamos logrando armar un encuentro con ayuda del Fondo Nueva Evangelización de la Conferencia Episcopal Española (¡gracias!), porque desplazarnos es costoso, a pesar de que ha aumentado la cantidad de movilidades, sobre todo en el Amazonas. Son dos días y medio de oro para convivir, formarnos, dialogar e incluso descansar.

A pesar de que es un presbiterio (la palabra se me queda grande) diminuto, procedemos de cinco países con solo cuatro curas locales, y constatamos distancias culturales, formativas y generacionales que es un reto superar, con el sueño y la responsabilidad de sumar diferencias, concepciones de la misión, motivaciones, bagajes, expectativas, maneras, experiencias… Mucha riqueza y muchos mundos distintos, un encanto y un lío.

El delegado del clero (también tenemos, ¿eh?), se vale de materiales ofrecidos en las jornadas nacionales de agosto - conferencias, textos, pistas para la reflexión…- para organizar sesiones de formación, con resonancias y diálogos. Pero esta vez le pedimos que dejara tiempos para que pudiéramos conversar libremente acerca de asuntos de la vida que nos afectan de lleno como sacerdotes y como grupo humano. Durante el primer día, uno de nosotros fue recogiendo propuestas de temas.

Alcanzamos a rescatar dos espacios, que resultaron muy valiosos. Tenemos acontecimientos recientes que nos afligen, sobre todo la renuncia de un compañero joven; hay malestar en torno a traslados muy seguidos, decisiones del obispo no bien explicadas o controvertidas, cuestiones más prácticas de la pastoral en las que necesitamos converger… Se trata de crear entre todos un ámbito seguro, de escucha y asertividad. De cuidado mutuo.

Y así lo vivimos. Cada cual se expresa con calma y espontaneidad; desde su experiencia, desde lo que le duele, con claridad y franqueza. Hay desacuerdos, pero no violencia. Es estupendo acoger la necesidad, compartir la perplejidad, comprender la encrucijada del otro, sus frustraciones y sus satisfacciones, tan cercanas a las mías. Y muy sanador poder reclamar a alguien, pedir ayuda, mostrar la propia vulnerabilidad y juntarla con la del otro, tan gemela.

El último día no había programado “trabajo”, solo esparcimiento. Nos fuimos a un recreo con piscina, pedimos un almuerzo rico, tomamos unas cervecitas, nos bañamos. Las conversas adquirieron otra sazón, entreveradas con bromas y risas, se dieron confidencias, comunicación veraz, pero en diferente longitud de onda. Facilitó conocernos, relacionarnos llanamente, con ligereza y familiaridad. Qué alivio sentir que soy uno de ellos, uno más, y unir chistes y carcajadas.

En la homilía que me tocó traje esta frase, que escuché hace tiempo al misionero Juancho Fuentes, y que se me quedó: “hacemos lo que podemos, con lo que tenemos y los que somos”. Somos muy pocos, pero tratamos de responder a Diosito entregándonos al pueblo lindo, y creo que Él no nos pide más. Brindando nuestra limitación, regalando nuestra pobreza lo mejor que podemos. Y buscando estar acompañados, algo clave para nuestra supervivencia vocacional.

Me he ido convirtiendo en experto en pedir ayuda: hablar con obispos, invitar a instituciones, congregaciones y misioneros a unirse a nosotros; incluso vienen a conocer, y se les ve entusiasmados, casi decididos, yo esperanzado… y al final siempre hay muchos motivos para quedarse (todos respetables, por puesto) y se te rompe el cántaro, como a la lechera. Quién se compra el pleito de la misión, a quién le importa de verdad… Es una frustración recurrente.

Por eso, si algún sacerdote con inquietud misionera lee esto, por favor, ¿podrías plantearte venir a trabajar al Vicariato San José del Amazonas? Aunque sea un tiempito. Te aseguro que serás feliz, nos ayudarás enormemente y encontrarás buenos compañeros.

sábado, 22 de noviembre de 2025

AJEBEKO-URUE: UN PUEBLO QUE BUSCA SU IDENTIDAD

 
Hasta hace unos meses, jamás había oído hablar de un pueblo originario llamado ajebeko-urue. De hecho, si uno busca en Google y se lo pregunta a la IA, lo más parecido es un restaurante francés-japonés Akabeko en París, cuyo nombre deriva de un juguete folclórico japonés en forma de vaca roja con la cabeza bamboleante. Pero el caso es que los ajebeko están a solo cuarenta minutos de Soplín Vargas, puesto de misión del alto Putumayo, en el río Penella. ¿Quiénes son estas gentes?

“¿Quiénes somos?”, cuenta Enrique que se preguntaron años atrás. Fue después de que los del gobierno llegaran a darles el título de propiedad de su tierra, inscribiendo a la comunidad como “nativa murui”. Poco después vinieron los maestros bilingües, pero resulta que, aunque eran murui, ¡nadie los entendía! y solo podían enseñar a los niños en castellano. Ahí se dieron cuenta de que no eran quienes hasta entonces habían creído.

Y es que muchos de ellos se llaman de apellido Caimito, un fruto bien dulce y también el nombre de uno de los clanes de la etnia murui-muinane. Hay una teoría que dice que los ajebeko son un clan escindido de los murui en la antigüedad, tras una guerra; de hecho, parece que su territorio-fuente estaría también en el Caquetá. Pero entonces, ¿cómo se explica que las lenguas sean tan diferentes? Otra hipótesis es que este pueblo proviene del tronco común de la gran familia huitoto, pero es de hecho distinto.

Hemos atracado en Santa Teresita y ya nos están esperando en el puerto. Se han ataviado con sus vestimentas tradicionales y varios hombres llevan sus coronas de plumas. Estrechamos todas las manos y ahí mismo hay una primera danza, un círculo rítmico que nos rodea dándonos la bienvenida. Nos invitan a pasar a su maloka, que me fijo que es de concreto y calamina. Allí piden que se sienten “los vejucos”, es decir, los adultos*. A pesar de que somos desconocidos, percibimos buen humor y bromas.

Hay más danzas. Noto que solo algunos abuelos saben las canciones, los pasos son vacilantes, inciertos… Pero participan los niños, hay un interés por mostrar y transmitir lo suyo. Lo mismo ocurre con las comidas, que en un momento llenan las mesas que han dispuesto. Son platillos muy similares a los de otras etnias, a base de yuca y pescado, sobre todo, pero tienen sus propios nombres. La mujer que nos los presenta evita decir la palabra “kawana” cuando toma la jarra con esa bebida a base de piña y almidón, porque ese es el término murui.

Se suceden varios discursos: el cacique (que es mestizo), la promotora del internado que nos acompaña, el padre… los blancos y mestizos acaparan la palabra y yo, mirando las caras de los moradores, sé que no se están enterando ni de la mitad porque su español es justito. Yo tampoco entiendo casi nada hasta que por fin ellos mismos, los indígenas, comienzan a hablar.

El señor Enrique narra que “No somos murui, pero pensábamos que sí. Nuestros abuelos y padres nos contaron la historia, pero nos preguntamos quiénes somos nosotros, cómo hemos llegado hasta acá”. Otro vecino dice que hay una franja de selva, en el Angosilla, donde vivieron antes, donde están enterrados sus antepasados. “Ahí ingresamos, cazamos, pescamos, pero no está titulado a nuestro nombre”. Es parte de su territorio ancestral.

La profesora también tiene claro que no son murui: “no mambeamos coca, no chupamos ambil (tabaco). No necesitamos las plantas para comunicarnos con Dios”. Muchos son evangélicos, y es probable que los misioneros hace décadas les prohibieran el mambe; pero no se pueden definir como cultura de manera negativa o por oposición, y de hecho “tenemos nuestros cuentos, adivinanzas, saberes medicinales, la historia de nuestros orígenes. La lengua no está escrita, estamos en ello, hay reuniones donde discutimos cómo escribir las palabras, con qué letras y signos”. Es increíble.

Recién comencé a captar en qué situación están, y lo apasionante que sería poder acompañar a esta gente. Un pueblo originario que indaga sus raíces, que busca reconstruir sus señas de identidad, que trabaja para conocer quiénes son y sueña con serlo de verdad. Qué hermosura. Queda un largo camino para lograr un reconocimiento “oficial”, pero ellos ya están remando. “La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal” (Laudato Si 145), y por tanto ayudar a que una cultura reviva y perviva es un servicio que “enriquece a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo”, dijo el Papa Francisco en Puerto Maldonado.

¡Qué envidia me dan mis compañeros misioneros acá en Soplín! Porque solo precisan escuchar, mirar, estar con ellos. No les den muchos discursos ni les hagan muchas propuestas de hacer cosas. Solo respaldar, preguntar, aprender, dialogar, contemplar. Y recibir, como por ejemplo yo, una corona de regalo. Con un abrazo y una cuestión sonriente: “¿cuándo vas a regresar?”

* Es un juego de palabras sarcástico: “bejuco” es cualquier liana o planta trepadora de la selva, que acá suplanta a viej-uco, viejuno, viejo.



sábado, 15 de noviembre de 2025

TEMPORADA DE CONFIRMACIONES


Como es habitual cada final de año, la chamba primordial son las celebraciones de la Confirmación, que motean el calendario y acaparan buena parte de los esfuerzos por todo el Vicariato. Para mí son una labor de sustitución y ayuda al obispo, que es el ministro propio; y como este año es probable que sean las últimas oportunidades, intento disfrutar al máximo esas experiencias.

La temporada comenzó el fin de semana pasado en Tamshiyacu, un lugar donde me siento especialmente a gusto y bien recibido. El sábado en la noche han programado los últimos preparativos y las confesiones. El ensayo es una ocasión para conectar con los confirmandos, en su mayoría adolescentes y jóvenes de entre 15 y 20 años, y favorecer así que la celebración fluya.

Es la primera vez que nos vemos, así que me saco una batería de bromas cuya eficacia está sobradamente probada hace años: “¿están nerviosos?”, “hablen más alto que solo se ha enterado el cuello del polo”, o bien fastidiar a los que se equivocan en el diálogo de la crismación: “y con tu espíritu, amén” o burlarme de esa coreografía que tienen que hacer los confirmandos al entregar las ofrendas: venia, vuelta, reverencia, etc. Sus sonrisas despiden relax y confianza.

Las confesiones son medio obligadas por la solemne ocasión, pero es curioso que siempre aparecen temas bien delicados y fuertes, salpicados con abundantes lágrimas, especialmente de las chicas. Los episodios vitales que jamás se atreven a contar pueden escapar en ese ámbito de máxima reserva. Lástima que normalmente no se confiese casi nadie; estoy seguro que, si trabajáramos mejor este sacramento con buenas catequesis, se ayudaría mucho.

Domingo en la mañana, día d y hora H. Me voy a la puerta a esperar a los muchachos mientras llegan tarde casi todos (les habían insistido en que a las 7:30, pero ni modo). Ahora los chistes infalibles son contra los atuendos de Sissi emperatriz o los ternos y camisas: “están tan elegantes que no parecen ni ustedes mismos”. Voy probando los nombres -alguno muy difícil- leyendo los solapines, me prendo el de la más tardona. Hay más risas, rapidito les recuerdo las respuestas de la renovación de las promesas bautismales y el crisma, la iglesia está casi llena.

A esas alturas, ya somos colegas, y el contacto visual va allanando la comunicación y contribuyendo a que cada gesto sea entendido y vivido lo mejor posible. Porque es un día único, y no es cuestión de estar distraídos o perdidos. Cuando se logra empatizar así con la asamblea y se la implica en la reflexión acerca del Evangelio con preguntas, más chanzas y alusiones a la vida cotidiana (la minga, el cumpleaños, la creciente del río…), la liturgia llega, une, enseña y hace festejar lindo.

En cada imposición de manos y en cada crismación, hay una mirada y un intercambio de sonrisas silenciosas. Me siento muy satisfecho por ser instrumento humilde del Espíritu, repartidor ocasional y gratuito de los dones de Dios y facilitador de la llegada de la gracia divina a estos jóvenes plenos de futuro. Orgulloso de poder prestar este servicio tan genuinamente misionero. Privilegiado de entregarles lo mejor el día que nos conocemos, acaso no volvamos a vernos… ¿Pero no es siempre así?

La catarata de fotos forma parte del festejo, casi como una rúbrica más del ritual. Uno a uno, los confirmandos, sus padrinos, sus familias y yo vamos posando. “Felicitación” voy diciendo a cada protagonista, todos encantados. Y obtengo a cambio infinidad de “gracias”; porque acá la gente es muy hábil para agradecer, con esa humildad que te desarma y a mí me enamora. La mamá de Jenda me dice: “padre, le invito ahorita”. Ese “desayuno” (son las 10 de la mañana) resulta ser un platazo de arroz con pato.

Y, sí. Puesto que ya me queda poco de esta cosa de vicario general (queriendo Dios), me voy despidiendo de presidir confirmaciones; que, por si no se había notado, es de lo poquito que me gusta de este-a cargo-a. Alguna ventaja tendría que tener, ¿no? De modo que voy a aprovechar, porque la gira por diez puestos de misión no ha hecho más que empezar.

sábado, 8 de noviembre de 2025

NO QUERIENDO DIOS II


Nos habíamos quedado arribando al aeropuerto de Puerto Leguízamo para emprender el periplo Leguízamo-Bogotá-Leticia-Santa Rosa-Iquitos como única manera de salir de Soplín Vargas, en el Putumayo. Nos registramos, facturamos las maletas, nos llaman a la sala de embarque… todo puntual y sin contratiempos. Oímos el ruido de los motores del avión ya cercano… pero nos informan de que no está logrando aterrizar.

Tras tres intentos, la megafonía anuncia que el avión ha tenido que dar media vuelta y regresar a Bogotá por la deficiente visibilidad debida a la niebla, de manera que el vuelo ha sido cancelado y reprogramado para mañana a las 12 del mediodía. ¡Oh noooooooooooooooooo! Nos devuelven los equipajes y Jair nos recibe de nuevo en el vicariato, con desayuno. Cuando se lo he contado a mi papá, ¡cómo se ha reído! “Las cosas que ocurren en esa selva son para contarlas”.

Pero tenemos el pasaje Bogotá-Leticia para mañana ya comprado, oleado y sacramentado. Ahora es toooodo un proceso para cambiarlo, por supuesto con la consiguiente penalización económica (solventar las contrariedades viajeras cuesta una plata). Peor cuando sacas la tarifa más barata, porque no incluye cambios… En fin, durante la jornada en la oficina de Punchana lo consiguen y pasamos la tarde tranquilos. Me compro unas chanclas en un super.

Al día siguiente hay de nuevo un corte general de electricidad en Leguízamo. Nos despedimos, nos lleva el mismo motocarrista, y en el aeropuerto afrontamos una espera de más de tres horas sancochándonos bajo un sol abrasador y sin refrigeración porque no hay luz, claro. Había que hacer escala en Puerto Asís, más al norte en el Putumayo, aterrizamos en Bogotá, por supuesto mi maleta salió la última… Solo para decir que fue larguísimo y demoramos como siete horas en llegar a casa de los misioneros de la Consolata.

Hambrientos y agotados, pero de nuevo muy bien acogidos, pasamos del calor feroz de la selva al frío de los 2.640 metros de altura de Bogotá, yo con el cortavientos sobre el polo de manga corta y un incipiente dolor de garganta en la madrugada. Pero el agua de la ducha hirviente y las frazadas gorditas me ayudaron a atravesar esas horas hasta que a las 4 am fuimos a buscar el vuelo a Leticia.

Me figuro que la ley de la compensación, que equilibra la ley de Murphy, propició que el resto del viaje transcurriera sin percances reseñables, más allá de cacheos y registros aleatorios a Montse y su mochila. Ni siquiera en Migraciones de Santa Rosa hubo problema, a pesar de que nos faltaba el sello de salida de Perú; como nunca habíamos salido, dijeron que no hacía falta colocarnos la entrada y santas pascuas. A las tres y tanto de la madrugada, muy rápido, estábamos en Indiana, y desde acá escribo.

Estos días he aprendido esta frase coloquial: “queriendo Dios”. Es una versión colombiana del español “si Dios quiere” o del “primero Dios”, que dicen en México. Pero me gusta más, porque expresa con más precisión que Diosito se esfuerza por ayudarnos; no es que ponga condiciones, permita o detenga desenlaces exitosos alzando su dedo imperioso como un guardia de tránsito, sino que está presente y activo, trabaja, posibilita, abre puertas, sincroniza, facilita, hace que suceda… como con sus propias manos (“id est, habet se ad modum laborantis”. Ejercicios espirituales nº 236).

Vivimos haciéndonos programaciones, en la ilusión de que lo controlamos todo. Pero la realidad es que nuestra vida está siempre pendiente de un hilo, es frágil y quebradiza, como juguete con el que el azar pasa el rato; y a la vez estamos en los ojos de Dios, en todo momento bajo las leyes misteriosas de la providencia, jamás perdidos o en un limbo.

Nunca somos autosuficientes. Dependemos cada instante de los demás, de su consideración y su generosidad. Si lo pensamos, veremos que increíblemente siempre contamos con personas que nos miran, nos auxilian, nos acompañan. Encarnan los modos concretos y cariñosos que Diosito tiene de cuidarnos, porque “en tus manos están mis azares” (Salmo 31). No queriendo Él, no pasa nada.

Suena “Going home” de Mark Knopfler. “Yendo a casa”. Con el Señor, siempre estamos en ella y a salvo.

sábado, 1 de noviembre de 2025

NO QUERIENDO DIOS I

 
Definitivamente, Soplín Vargas, en el alto Putumayo, le ha ganado a San Pablo en escenario de piñas (o sea, infortunios, gafes, desventuras en peruano) en mis viajes: retrasos, contratiempos, errores, anulaciones, averías y demás adversidades. Escribo esto desde Puerto Leguízamo -orilla colombiana- en tiempo real, porque el periplo no ha terminado y realmente ahora mismo no sabemos cuándo podremos llegar a casa.

Porque, eso sí, normalmente no me ocurre solo, esta vez me acompaña Montse, misionera laica madrileña y una de las últimas adquisiciones del Vicariato. Ya sabemos que en Soplín hay que estar preparados para que el vuelo semanal cambie de día de forma inesperada, o que haya que surcar un día entero a Gueppi para agarrar la avioneta, pero esta vez fue peor: por crisis de combustible en Petroperú, los vuelos están cancelados hasta nuevo aviso.

¿Cómo así? Si al menos nos dijeran que será posible dentro de una semana, ya estoy entrenado, pero esto… Ya: llamadas, consultas, el teléfono echa humo con el internet precario. Miramos la línea para ir por el río hasta Estrecho y salir por allá, que hay vuelos diarios; pero ni modo: el siguiente deslizador solo sale hasta dentro de ocho días… Y además tampoco hay conexión aérea Estrecho-Iquitos por lo del carburante. Entonces pensamos en dar una vueltaza: Soplín-Leguízamo-Bogotá-Leticia-Santa Rosa-Iquitos. Como en este mapa, pero por Colombia.

Qué estrés. Nos comunicamos para que la oficina del vicariato nos saque los pasajes, y sí, se logra. Tenemos pues que irnos a Leguízamo esa misma tarde, pero antes necesitamos el sello de salida del Perú. Nos dirigimos al puesto de Migraciones y… no hay nadies. Resulta que justo hoy hay relevo, y el funcionario se ha ido; solo se atenderá al público dentro de dos días, pero nosotros tenemos el pasaje a Bogotá para mañana. ¿Qué hacemos ahora? ¿Cómo nos van a dar la entrada en Colombia si no nos han dado antes la salida de Perú? ¡Hemos caído en un limbo migratorio!

Hay un rato de muchas llamadas, esperas, preguntas, consultas, con Tania que está en Medellín, con Magna, con Mirely, con la señorita Flavia de Migraciones Perú… Nos dicen del puesto fronterizo colombiano que normal nos van a registrar la entrada y salida, ya eso nos tranquiliza. Después, desde Iquitos, nos explican que más tarde tendremos que regularizar el sello que nos falta, pero que podemos viajar. Uuuuf. Hay que irse porque cierran a las 6 de la noche la oficina de Migración en Leguízamo.

Como no hallamos a Yako por teléfono, van a buscarlo y por fortuna está libre para llevarnos. Pero al llegar a Leguízamo nos enteramos que no hay energía en todo el día (hasta las 5 de la tarde) debido a reparaciones. No podemos ir por tanto a la oficina de Migración, de modo que nos vamos a pasear; conversando conversando nos viene una tromba de agua que pone en peligro que lleguemos después de las 5 y antes de las 6, hora de cierre.

Pero pasa un motocarro que nos lleva a la casa. La electricidad se restablece a las 5:40, corremos a Migraciones bajo la lluvia, llegamos a tiempo… pero nos dicen que “no hay sistema”, ayer hicieron un mantenimiento y no funciona. Puchaaaaa. ¿Y ahora? El señor lo intenta, llama a la central… pero nada. Nos vamos a cenar, regresamos, pero no hay manera. Están por ayudarnos y nos proponen que dejemos los pasaportes para seguir intentando en la noche y los recojamos a las cinco y media de la mañana, antes de ir al aeropuerto; no nos hace gracia, pero ¿qué podemos hacer?

Dormimos poco y mal. Jair el misionero de la Consolata me lleva en moto temprano y sí, han logrado colocar los sellos de entrada correctamente. Pienso que, a pesar de todas las tribulaciones, no podemos quejarnos: nos han acogido y alimentado magníficamente, contamos con múltiples ayudas a distancia, el dineral que cuestan los billetes aéreos podemos afrontarlo… No estamos tan mal.

Y así, más animaditos y después de tomar un tinto, nos encaminamos al aeropuerto a las 6 de la mañana, hora a la que nos han citado. No sabíamos la que nos esperaba, el día no había hecho más que comenzar…

(Continuará)

sábado, 25 de octubre de 2025

TEJIENDO ESPERANZAS DESDE ABAJO. IV Congreso Continental de Teología Latinoamericana y Caribeña

 
Los días 22 al 24 de octubre se ha desarrollado en Lima el IV Congreso Continental de Teología Latinoamericana y Caribeña, organizado por Amerindia junto con el Instituto Bartolomé de las Casas. Ha sido una cita claramente marcada por la celebración del primer aniversario de la pascua de Gustavo Gutiérrez, el 22 de octubre de 2024.

El objetivo general era “Animar el quehacer teológico liberador en América Latina y el Caribe y en este tiempo, de modo que se torne en un dinamizador que ayude a organizar la esperanza”, claramente en línea con el jubileo que se está viviendo en la Iglesia universal.

Con casi 200 participantes llegados de todos los países de América del sur y central, el clima creado desde el primer minuto en los ambientes de la Pontificia Universidad Católica del Perú fue de gran cordialidad, acogida mutua, humor y motivación de cara al futuro.

El primer día, los ponentes Alejandro Ortiz (México), Moema Miranda (Brasil), Birgit Weiler (Perú) y Raúl Zibechi (Uruguay) situaron la coyuntura geopolítica actual construyendo, con gran lucidez, un ver centrado en el colapso socioambiental, el presente eclesial y con propuestas de resistencias desde los movimientos populares. Se agradeció y ponderó el reciente documento Dilexi te, en el que León XIV subraya la centralidad y actualidad de la opción por los pobres; recordando que la Tierra es quizá la más vulnerable hoy día.

La metodología del Congreso incluyó diferentes momentos y formas de escucha que, mediante la analogía del tejido (preparar la urdimbre, tensar los hilos, crear la trama, anudar la pasada…), trataba de ir construyendo entre todos y todas ese bordado latinoamericano, que antes otros empezaron a tejer, con diferentes colores y texturas. Cada jornada se iniciaba y se terminaba manifestando cómo se iba avanzando en ese lienzo vital.


El juzgar contó con las intervenciones de Eduardo Arens (Perú), Luiz Carlos Susin y Francisco Aquino Júnior (Brasil). Con un experto enfoque bíblico y espiritual, colocando en el centro al Jesús histórico, ayudaron a la asamblea a entrar en clave de discernir a la luz del Evangelio y de la tradición teológica latinoamericana, abordando la cuestión: ¿Qué es hacer teología de la liberación en el contexto actual?

Las llamadas a actuar trajeron propuestas concretas desde abajo, a cargo de Cristina Bove (Brasil), Rolando Pérez (Perú), Adriana Palacios (Chile), y Gabriel Herrera y Carmen Díaz (México). Experiencias protagonizadas por movimientos populares, comunidades de base, grupos de resistencia y acción… pequeños gestos que, con creatividad, abren rendijas de esperanza y cambio; y fortalecidos con la reflexión potente de Theresa Denger (El Salvador) y Pedro Trigo (Venezuela).

Un momento central del Congreso fue el homenaje a Gustavo Gutiérrez, personaje clave en el pensamiento latinoamericano del siglo XX y fundador de la Teología de la Liberación. Consistió en una mesa de intervenciones en la que diferentes personas fueron recordando y agradeciendo los jalones de la vida y obra de este sabio y humilde seguidor de Jesús. Desde Brasil Leonardo Boff, y Jon Sobrino desde El Salvador, deleitaron a los participantes con anécdotas y valoraciones llenas de afecto y admiración, al igual que el resto de panelistas. El auditorio rezumó emoción y reconocimiento al maestro.

Cada día, el grupo Bendita mezcla facilitó los espacios de espiritualidad con inspiración intercultural y sinodal. De igual manera, ofreció la cosecha diaria con gran originalidad a través del canto, la expresión corporal y el teatro. Las risas se entreveraron primorosamente con la poesía y la contemplación de los mártires latinoamericanos.

A la hora final de las concreciones, Geraldina Céspedes (República Dominicana) y Pablo Bonavía (Uruguay) animaron a mirar lejos, como decía Gustavo, y, ante una coyuntura desafiante, tejer juntos con palabras, experiencias, terquedad y memoria, la esperanza. Porque la teología ilumina la posibilidad de crear una realidad mejor en este hoy de Dios.

sábado, 18 de octubre de 2025

LOCOS DE DIOS


De nuevo en este fin del mundo tan querido: lejano, distinto y añorado. Amanece en el país kichwa lentamente, jirones de niebla van desvelando las ondas del río sereno, que apenas acaricia la playa emergente frente a mis ojos. La humedad es frondosa, como la calma; un colibrí suspendido a menos de dos metros rubrica el gozo que siento. Realmente es un fin del mundo de belleza deslumbrante.

Y a la vez es un confín duro, desafiante, dificultoso. Nada más llegar ayer, una víbora se cruzó en nuestro camino: verde, serpenteante, brillante, peligrosa. En mi conciencia los ecos del reciente libro de Javier Cercas, que quiere hablar del Papa Francisco, pero termina hablando de los misioneros, esos dementes, esos perturbados… pero ¿qué hacen en medio de esta selva estos cuatro locos que vengo a visitar?

Viven en una casa como las de la gente, de madera, techo de hoja y emponado. Solo tienen un baño y bromean acerca de quién demora más gestionando necesidades y limpiezas. Traen el agua potable en baldes que deben subir desde un manantial junto a la orilla del Napo. Racionan las baterías de los celulares porque en este pueblo solo hay cuatro horas de luz, en la noche; a duras penas conservan alimentos en un arcón y luchan sin ventiladores para combatir el calor, insoportable especialmente a las 2 de la tarde bajo el techo metálico de la capilla, donde se celebra la tantarina, el encuentro de agentes pastorales kuyllur runakuna, lideresas warmis y apus (jefes) de las comunidades.

También yo estoy ahí, sudando, abanicándome y espantando moscas que sé que provienen de la carne de majás ahumada que están preparando en la maloka que hay al costadito. Como no tienen cuarto de invitados, han separado con cortinas una parte de la sala y colocado una cama, pero la lluvia de la madrugada reveló un agujero en el irapay del tejado justo sobre mi cabeza, de modo que la gotera me despertó y tuve que emigrar. ¿Seré yo asimismo uno de estos lunáticos de Dios? En tal caso, ¿qué hacemos acá?

Durante el encuentro paso horas escuchando hablar en kichwa, tratando de seguir el hilo de las intervenciones gracias a algunas palabras que, al no existir en la lengua, surgen en castellano incrustadas dentro de ese discurso incomprensible, como resquicios o balizas de significado. En esta frontera cultural me cuentan que se trata de estar, contemplar, escuchar, aprender, permanecer, compartir. Eso es todo. No sé si satisface la profundidad indagatoria de la pregunta, pero es la respuesta de estos chiflados acerca de qué diantres pintan acá.

Son para mí días primos hermanos de las vacaciones: tranquilidad, silencio, muchas horas de sueño profundo… Como si Angoteros por sí solo pudiera exorcizar los enredos pastorales y personales, los desencuentros comunitarios, y dejar a años luz laberintos administrativos y socavones financieros que me suelen amedrentar y hasta afligir, sobre todo desde que estoy en tareas de coordinación. Cuando estoy más perdido, nada hay más efectivo como navegar dos días y “salir de la vida”, para hallarme.

Esta tantarina es especialmente deliciosa porque todo lo hacen ellos, y no me refiero a los chalados, sino a los naporunas. Ricson, Florentino, Alipio… líderes de largo recorrido y capacidad contrastada son los que llevan la voz cantante; y voz enteramente en kichwa, incluso la misa. ¿Qué hacemos acá, pues? Solo tengo que estar, dejarme llevar, no empujar, saludar, reír, mirar a los ojos.

Hacer bromas. Sale el tema de que hay kuyllur varones que no dejan participar a las mujeres en los encuentros de la misión porque son celosos; me dedico el resto de los días ya a llamar celosos a todos sin piedad. Quieren que salga en la noche cultural y les cuento una historia: el marido celoso que compró un guacamayo para que vigilase a su mujer. Las carcajadas retumban. Hablo y mi traductor, Rodil, se las ve y se las desea para encontrar las palabras y expresiones, y las risas arrecian. Eso hacemos.

También bailar. Y tomar aswa, por supuesto. Incluso durante la oración, que esta vez han preparado mientras el pate de masato pasa de mano en mano, y por tanto consiste en compartir, unidos a Pachayaya. Todo fluye con naturalidad y facilidad con esta gente desprovista de solemnidad y abundante en humor y sencillez. ¿Qué hacemos en este fin del mundo los locos de Dios, si es que yo soy uno de ellos? Fluir, ser nosotros, ser otros, respirar. Vivir.

Feliz día del DOMUND.

sábado, 11 de octubre de 2025

SER UNO DE TANTOS


Siempre me ha gustado sentirme lo que soy: una persona como otra cualquiera, sin nada especial, uno más en la cola de los pecadores, con un número de la seguridad social, como todo el mundo. Esto, que parece una obviedad, me sosiega, me centra y me hace respirar simplemente mi humanidad. Más que agradarme, es que lo necesito.

Nos formaron con la vieja táctica de sacarnos de “el mundo”, especialmente en las primeras etapas. La teología conciliar del Pueblo de Dios, con la igualdad radical de todos por el Bautismo (hace treinta años todavía no estaba de moda la palabra sinodalidad) estaba vigente pero ya en regresión; era una época claramente con muchos menos clergymans, pero seguía pesando mucho la tradición: los religiosos son “distintos”, de algún modo “mejores” o “superiores” al resto. Perdón por la crudeza, pero así era.

Por eso, cuando salí de la congregación y evolucioné a cura de pueblo, esa manera de vivir me calzó como un guante. Disfrutaba siendo vecino, que va a comprar el pan, participa en los carnavales, llora las muertes, cocina, va al bar con sus amigos, pasea y saluda a todos, porque es uno más, sin nada que lo distinga o lo segregue. Y cuando alguien me decía: “reza por mí, tú que estás más cerca de Dios”, yo le contestaba: “no es cierto, tú yo estamos a la misma distancia, porque Él está en nosotros”.

Esta sensación la disfruto en lugares de paso, en museos, bibliotecas, sitios públicos o en transportes. Según se estudia en antropología, citando a Foucault, son heterotopías, espacios excepcionales que existen fuera del orden social y territorial normal, con sus propias reglas, funciones y sentidos. Son áreas donde las identidades quedan difuminadas o integradas, que acogen la diversidad sin prejuicios ni clasificaciones, de alguna manera “no-lugares”.

Observo a las personas en el aeropuerto, durante la cola del control de seguridad. Es increíble la multiplicidad de razas, colores, peinados, atuendos, idiomas, expresiones, hasta olores. Cada viajero es diferente, único e irrepetible. Todo está mezclado, pero la corriente humana obedece a unas normas, porque estamos en un mundo peculiar dentro del mundo, y por eso acá todos somos iguales: el escáner, el pase de abordar, los números de puerta…

Y yo, uno más entre ellos. Con mi cultura, con mis afanes y mis esperanzas, como todos. Sin cargos, particularidades o importancias; con la jerarquía puesta en modo avión, porque acá no hay “el sacerdote”, o el encargado de esto o responsable de lo otro, sino solo un hombre con una mochila en tránsito hacia su destino. No me quiero poner distintivos, no deseo que me reconozcan o me señalen, para bien o para mal, sin eventuales ventajas o incomodidades. Descanso al pasar desapercibido, disuelto en la masa, perdido plácidamente en el anonimato.

Ahora estoy en el ponguero, el colectivo que surca el Amazonas de Indiana a Iquitos, una especie de autobús del río. Los asientos son dos largas bancas fijadas longitudinalmente a las bordas del bote, de manera que los pasajeros vamos colocados unos frente a otros, y es inevitable mirarse. Toda la gente de hoy es de raza amazónica, la piel oscura, el cabello y los ojos negros, la estatura baja, las piernas fuertes. Hay muchos niños, y varios bebés; uno llora, y su mamá inmediatamente saca la teta y se la embroca.

Acá se me nota mucho más singular, soy un gringo, o sea blanco, y además, pelacho. Contemplo sereno a mis compañeros de travesía, y me imagino los problemas de cada cual: la señora de mi costado, el joven con los audífonos… Voy con mi carga de preocupaciones, trabajo amontonado, enredos y sinsabores propios del día a día; pero cada cual tiene los suyos, nadie está libre, en eso sí que somos igualitos, y me conforta sentirme parte del conjunto, sin desentonar, también uno más.

En el ponguero o en el aeropuerto el tiempo tradicional se rompe o se "acumula" curiosamente. Se dilata, pero vamos chismeando quién sube en cada parada. Y de pronto ahí está el puente Nanay, y el cobrador pasa recogiendo los quince soles. Todos igual, ya llegamos, sonrío como todos, hay unos pollos en el piso, junto a unas piñas de plátanos, que sorteo como "uno de tantos" (Fil 2, 6-11). Qué alegría.

sábado, 4 de octubre de 2025

EL AGUA HA HABLADO

 
Todo ha sido vibrante en la Cumbre Amazónica del Agua, que se ha celebrado en Iquitos los días 1 al 3 de octubre. A todos nos abrazaba la sensación, como una amable nube de niebla, de que estábamos viviendo algo histórico. La energía que ha circulado se recargaba con las intervenciones, los gestos, las imágenes, los personajes, hasta desembocar en una rotunda expresión de vida compartida.

Los seres humanos somos agua hasta en un 70 %. En este encuentro, el agua que está en nosotros, el agua que somos todos los presentes allí, se ha juntado para hablar, para denunciar, para susurrarnos a nosotros mismos, para gritar al mundo. Porque, aunque el agua está tan agredida “que ya no canta”, como dice Serrat, sí que habla. ¿Y qué ha dicho?

Soy un sujeto,
    un tú, interlocutor.
No soy un “recurso”, algo con lo que comerciar,
    una veta para la codicia, una mercancía. No.

Soy sagrada, el fluido divino,
    la fórmula de la vida
    el secreto del futuro.

Tengo derechos. Y por tanto ustedes, los hombres y mujeres,
tienen serios deberes para conmigo.
 
Me duele oler mal, ser veneno,
    ser causa de muerte y no de vida,
    ser fuente de conflictos…
Me aflige que me hayan quitado mi color azul.
 
Únanse, escúchense, dialoguen,
busquen a otros para luchar,
    reconociéndose todos como parte del Agua global.
 
Y recuerden que yo me muevo,
que si me estanco me pudro y emponzoño,
    así que se tienen que poner en marcha
    con creatividad,
    con firmeza,
    con tenacidad,
 
para que todos puedan ser manantiales que broten “hasta la vida eterna” (Jn 4, 14),
todos puedan vivir con salud, en armonía
              y felicidad.
              Especialmente los más pequeños y vulnerables.
 
Estos son solo algunos apuntes de todo lo que el agua ha expresado estos días; se manifestó de manera muy clara a través del relator de Naciones Unidas Pedro Arrojo, de los representantes de los pueblos indígenas, de los obispos participantes, y de muchos activistas, no todos católicos, que llevan años jugándose la vida en la defensa del agua.

El cardenal Pedro Barreto, en la Eucaristía de clausura, conectó las inspiraciones de la Cumbre con el recorrido histórico de la Iglesia en la Amazonía desde Aparecida y en los últimos 11 años, descubriendo cómo remar a favor del agua y los derechos humanos nos ayuda a forjar la sinodalidad y a caminar en la ruta de los sueños de Francisco. Él rebautizó el lema del evento: “Somos Iglesia, somos agua, somos vida, somos esperanza en acción”.


sábado, 27 de septiembre de 2025

DIOS SIEMPRE ES "RE-"


En el taller-retiro de misioneros, cada día comenzaba con un espacio de silencio que se extendía durante el desayuno y las tareas de limpieza, hasta el comienzo del trabajo a las 8. Para ayudar y conectar con lo que se estaba proponiendo, se daban unos breves puntos a las 6:30. Una de las mañanas me tocó a mí, y esto fue lo que ofrecí, por si sirve.

Puntos para meditar la sinodalidad

Me siento con la espalda recta y me voy relajando haciendo una serie de respiraciones abdominales, profundas, notando cómo el aire me llena por completo. Así me sereno y me centro, considerando “adónde voy y a qué” (Ej 239).

Notando cómo Dios me mira (Ej 75), cruzo la mirada con Él. Miro que me mira con amor y humildad.

La historia es el relato de los discípulos de Emaús: Lc 24, 13-35


1) Las rodillas duelen

Cuando nos sentamos en el grupiño, las rodillas que chocan, duelen. Están operadas, desgastadas, fatigadas.
La sinodalidad implica tomar en serio la igualdad radical de todos nosotros por el Bautismo, pero hay otra igualdad también constitutiva y esencial: la que nos coloca en la cola de los pecadores, junto a Jesús en su Bautismo.
Sinodalidad es caminar juntos, uno al costado del otro, mirar en la misma dirección, como estos dos amigos; pero también los codos se rozan, y, por el sendero, nos hacemos daño…
Es la sinodalidad una bella palabra, pero duele; no le sale de fondo una música de violines, sino que exige integrar diferencias, activar la acogida, alzar la comprensión mutua.
Y eso es difícil y trabajoso, cuesta, pasa obligadamente por el perdón.

_ Considero lo duro de la ruta, el cansancio y las ganas de renunciar, como estaban haciendo aquellos dos.


2) Siempre podemos reconocer a Jesús en el otro

Necesitamos para ello abrir los ojos interiores, y nunca lo logramos plenamente, es un proceso en el claroscuro de la fe.
Jesús se les acerca y, a pesar de que no lo identifican, Él lidera.
Explica la Palabra, enseña…
El big bang de la la sinodalidad es la escucha; la escucha del otro; la escucha de Jesús en el otro.
Solo así arde el corazón.

_ Traigo a la memoria rostros y palabras, momentos en los que ahora reconozco que Jesús me hablaba.


3) Pasar de “nosotros y ellos” a solo “nosotros”
 
El grupo de se había roto… “Nosotros esperábamos”, “unas mujeres de nuestro grupo”…
Están decepcionados, desconcertados, y se han separado de sus compañeros; vuelven a casa, el sueño de Jesús ha terminado, “ellos” se quedaron en Jerusalén.
Cuando conocemos a Jesús, nos vamos re-conociendo en nuestras heridas, nuestra común vulnerabilidad.
Dios siempre es re-: reconstruye, recupera, re-envía (como a Pedro, al que Jesús le confía la misma misión para la que había demostrado que no valía), regala, reúne, reforma, re-nueva… pon más verbos.
Para Él, “ahora es siempre todavía”, como dice Machado.
Porque Dios es el Dios del futuro: ya no mira lo que hemos hecho, está atento a lo que haremos.

_ Recuerdo, siento y gusto los per-dones (regalos excesivos, inmerecidos) que he recibido de Dios, y me abro con agradecimiento y humildad a mi próximo paso posible en el camino de la sinodalidad.